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'Alaïa y Balenciaga, escultores de la forma', la exposición soñada por Givenchy



El blanco y luminoso espacio de las dos plantas del Museo Balenciaga en Getaria, acoge desde hace unos meses una exposición que rescata 48 piezas de Balenciaga, coleccionadas por otro maestro de la moda y llegadas desde la Fundación Azzedine Alaïa de París, que dialogan con 52 creaciones del propio Alaïa.

El diseñador tunecino Azzedine Alaïa (1935-2017) fue no sólo uno de los coleccionistas pioneros de obras de Balenciaga (1895-1972), sino que logró a lo largo de cuatro décadas, tras el cierre de la Casa del maestro de Getaria a finales de los sesenta, reunir uno de sus archivos más importantes: «Madmoiselle Rennée, quien trabajara durante décadas al servicio de Cristóbal Balenciaga me invitó a escoger entre una selección de vestidos. Fue cuando comprendí que tenía que hacer algo con la historia de la moda, y es cuando comencé a coleccionar».

«La de Alaïa, por mucho tiempo invisible, ha resultado ser una de las más interesantes colecciones existentes de Balenciaga con piezas que no se conservan en ninguna otra institución y destacada presencia de creaciones de las décadas de los años 30 y 40. Sin duda, el couturier veía en Balenciaga una fuente de conocimiento e inspiración», valora Miren Vives, directora del Museo Cristóbal Balenciaga.

Alaïa / Balenciaga

© Stéphane Aït Ouarab
Hubert de Givenchy, promotor original de esta idea, y a cuya memoria se dedica esta exhibición supo reconocer el talento de los dos creadores como «escultores de la forma» con sus similitudes, -en ocasiones se puede hasta dudar quién es el autor pese a las décadas de distancia entre sus obras-, pero también sus diferencias.

La técnica de la sastería, el equilibrio de medidas y volúmenes, son algunos de esos puntos comunes con los que arranca la muestra con el color negro, esos «negros suntuosos» como protagonistas, de chaquetas y abrigos exquisitamente esculpidos.

Balenciaga1938 – Balenciaga1940 – Alaïa1986

© Stéphane Aït Ouarab
Los tejidos fueron otra de sus pasiones compartidas. Trabajaron vestidos en gasa encaje y terciopelo, como los vestidos entallados en terciopelo burdeos y en verde en Alaïa de 1988, junto a un Balenciaga en terciopelo negro de 1950.

Pero sin duda son dos vestidos de noche los que más sorprenden por su distancia cronológica, aunque abosultamente atemporales, y por su semejanza de formas escultóricas. Se trata de un vestido de noche en satén marfil con pasamanería y strass, con faldellín redondeado con ballenas y falda en tul crudo de Balenciaga, Otoño/Invierno 1950, que luce espléndido tras su restauración. Y junto a él, el vestido largo en terciopelo crudo perforado con laser, con cinturón en cuerpo perforado y claveteado de Alaïa, Otoño/Invierno 2011.

En las diferencias entre Balenciaga y Alaïa se menciona la relación con el cuerpo de la mujer, basadas en el ideal de belleza femenina de cada época respectiva. Según el comisario de la exposición, Olivier Saillard, «Alaïa era más cercano al cuerpo femenino, lo resaltaba; mientras que Balenciaga jugaba con los volúmenes alejándose de él». Aún así, ambos compartían la atemporalidad de sus creaciones y el dominio de la técnica.

Bocetos, fotografías y películas, de los archivos Balenciaga en París, y dos piezas audiovisuales sobre Alaïa, -una entrevista indédita de 2001 editada para esta ocasión y un documental de Joe McKeena de 2016-, forman parte de esta experiencia inmersiva en la obra de estas dos grandes figuras de la moda.

Puedes visitarla hasta el próximo 31
de octubre en el Museo Balenciaga en Getaria.



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