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Si hay suerte, la alfombra roja puede ser un espectáculo, pero aunque no la haya, siempre es negocio. Da igual que, en tiempos de pandemia, solo pasen por ella los encargados de entregar los galardones, mientras los premiados muestran sus estilismos desde el salón de su casa o vía Instagram. Aunque las conexiones por videollamada solo permitían ver, en la mayor parte de los casos, la mitad superior de sus prendas, como sucedió con Rozalén y su traje rojo. En cualquier formato, constituye una poderosa herramienta de márketing para las firmas de moda, cuyos desfiles jamás alcanzan las audiencias de las entregas de premios. También para algunos actores que han encontrado una jugosa fuente de ingresos en sus colaboraciones con las enseñas de moda. Además, la alfombra cumple la función de canalizar el instinto cotilla de un país.

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