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Se presentó Aznar a Évole como un bridger, lo que podría traducirse por puentista o puenteador, como los quinquis de mi barrio cuando afanaban bugas. O como un hacedor de puentes, es decir, un pontifex o pontífice, que le pega más. Conforme avanzó la entrevista se hizo claro que los únicos puentes que le interesaban eran los que le permitían salvar la orilla de las preguntas sin mojarse. También insistió en que ya había tomado el puente hacia su jubilación, como decía el anuncio aquel de la compañía de seguros, y no lo va a descruzar, por mucho que a diario le pidan que vuelva.

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