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Historias de la primera vez durante el covid

Las situaciones nuevas de la vida, aquellos momentos de estrés (más o menos intenso, más o menos llevadero) que se afrontan de manera cotidiana, desde empezar en la universidad hasta tener un hijo, han agudizado su impacto durante la pandemia del coronavirus. “La sensación de indefensión, de falta de control y de miedo nos paraliza, no nos deja sacar toda la potencialidad que tenemos y nos llenamos de ‘y si…’ y cuando pasa eso tendemos a anticipar lo negativo y a pasar por alto cosas positivas”, advierte la psicóloga Natalia Ortega. La incertidumbre del covid es un elemento añadido a esas sensaciones negativas y hace que lo inédito y lo desconocido sean más difíciles de gestionar.

Un recién graduado que este septiembre ha empezado a trabajar como profesor en un instituto, un joven médico que inicia su andadura profesional en plena pandemia y una pareja que justo formalizó su relación el día anterior a la declaración del estado de alarma explican sus experiencias. 

Marc Castillo: “No conozco la cara de mis alumnos”

Marc Castillo dio su primera clase en un instituto este septiembre. Licenciado en Historia, a sus veintipocos años, tenía la docencia como una de sus posibles salidas y una de las plazas de difícil cobertura que se han multiplicado por la pandemia le ha abierto las puertas de unas aulas en las que ahora reinan las mascarillas. Un cambio radical en el día a día de los profesores.

La mascarilla dificulta incluso el entendimiento. Yo, por ejemplo, tengo que esforzarme más con la voz, y la expresividad no es la misma, ni la tuya ni la suya. No conozco la cara de muchos alumnos, solo de los que veo en el patio”, explica.

Esa realidad enmascarada le deja sin buena parte de las pistas que le deben confirmar, y más a un novato, si el camino que ha cogido la clase es el bueno. “No ves la expresividad en la cara de los alumnos”, apunta.

La mascarilla ejerce de barrera con los alumnos: “No ves la expresión de los chicos”, lamenta Castillo

La mascarilla ejerce de barrera ante el contagio pero también de barrera social. “Lo que más noto es la distancia con los alumnos. Intentas no tener mucho contacto pero a veces es inevitable acercarte a una mesa o dejar un boli”, explica.

¿Miedo al contagio? “No. Puede que sea porque no me haya parado mucho a pensarlo”, admite. Pero sigue el hilo y reflexiona en voz alta. “Algunos fines de semana me voy al pueblo a casa de mis padres y mi madre es persona de riesgo…”.

Tampoco las técnicas que puede usar son las mismas que planeaba mientras se decidía a ser profesor. “Está claro que ahora es más difícil pensar en cualquier cosa fuera del aula o incluso que se junten tres o cuatro para hacer un trabajo”, desgrana.

Luego está la parte de su atención que debe ir a que se cumplan las normas sanitarias. Aunque defiende que los jóvenes “lo tienen bastante interiorizado, sí que es cierto que hay veces que les tienes que recordar que se suban la mascarilla”. Pero el reto más complicado es separarlos. “Puede que la distancia sea el mayor problema. Hay marcas en el suelo pero es inevitable que a veces se levanten y se junten, como pasa en el patio. Allí además se quitan la mascarilla para almorzar”, recuerda.

Borja Ruiz: “Nuestra formación se ve perjudicada”

Los médicos de un futuro inmediato tendrán muy claro cómo tratar a pacientes de covid-19 pero puede que no tanto otras enfermedades. A Borja Ruiz, la explosión de la pandemia le pilló en su primer año como residente de familia y tiene claro que la formación de los MIR es una de las grandes perjudicadas.

A él le pilló la primera ola rotando por los diferentes servicios de un hospital. “De inicio, se canceló y nos mandaron a nuestros centros de salud. Fue una semana caótica, cada día era una orden nueva, un protocolo nuevo. Una locura. La gente seguía presentándose allí y nos dedicamos a imprimir folletos, a habilitar teléfonos y correos para que pudieran enviar consultas e intentar sensibilizar a la población y educación. Mi función esa semana fue educación sanitaria, no asistencial“, recuerda.

A los pocos días volvió a un hospital que era otro. “Todo estaba lleno de cubos de basura con bolsas rojas y todo el mundo con los EPI puestos y con medidas de seguridad extremas”, recuerda.

“La improvisación era continua, te levantabas y sabías que tenías que ir a trabajar pero no sabías en qué condiciones o con qué protocolos“, recuerda. La ilusión de empezar fue dejando paso a cierto agotamiento.

“Sabías que tenías que ir a trabajar, pero no sabías en qué condiciones o con qué protocolo”, recuerda ahora Ruiz

Fueron dos meses en Medicina Interna y la traca final en Urgencias, donde ya hacía y hace guardias. “En las primeras nos vimos casi todo Harry Potter porque no venía nadie, pero después empezó a llegar gente con saturación baja a la que hacías una placa y se veían los infiltrados bilaterales típicas del coronavirus”, explica. Y todo, en precario. “Teníamos FP2 pero bajo llave y contadas y usábamos la misma toda la guardia”, recuerda. Pero aun así no tenía miedo al contagio. “Puede que por inexperiencia o porque pudieran las ganas de ayudar”, desliza.

Aunque estuvieron y están en primera línea, lo cierto es que el tsunami de la pandemia se ha llevado por delante parte de la formación de estos jóvenes. “Nuestra formación se ve perjudicada. Mi última etapa de mi residencia fue asistencia al coronavirus en urgencias y toda la patología típica se pierde”, explica. “Ni en las guardias ni en Primera hay tiempo para la docencia”, subraya.

Todo esto ha provocado un fuerte conflicto laboral con los médicos residentes, huelgas incluidas. “Es que los MIR son profesionales en formación que no tendrían que formar parte de esa planilla estructural de los hospitales pero sin residentes el hospital no funciona”, sentencia.

Construir una relación entre internet y la azotea

María Torró y Carlos Landete, 19 y 20 años, empezaron a salir un día antes del decreto del estado de alarma. Ahora llevan ocho meses y tienen claro que está asentada la que es su primera relación seria pero el camino para llegar hasta aquí ha sido de todo menos convencional.

Llevaban dos semanas conociéndose cuando el 14 de marzo dejaron de poder encontrarse. “Fueron cincuenta y tantos días”, cuenta ella rápida y admite que al principio “parecía todo una broma”. “Durante el confinamiento no nos vimos. Podríamos habernos visto tirando la basura o paseando al perro pero a él le daba miedo“, recuerda divertida. “Por la policía, por si nos pillaban”, aclara Carlos responsable.

“Hablábamos mucho y aunque no verse era un hándicap tirabas de otras cosas, como de videollamadas“, explica él. “Yo creo que nos vino bien, nos permitió conocernos de otra manera”, le rescata ella.

Finalmente llegó el mes de mayo, el inicio de la desescalada y el permiso para poder quedar de nuevo. “El primer día quedamos a correr. No corrimos mucho, más bien fue marcha y luego nos subimos a la terraza de una amiga.”, recuerda Carlos. “Había felicidad pero también nerviosismo, era como empezar de nuevo otra vez“, explica. “Yo estaba temblando, literalmente. Era como quedar por primera vez”, admite ahora ella.

“Las azoteas son la única opción cuando todo cierra la una y quieres estar con tus amigos”, comenta María

A esa terraza han vuelto en todo este tiempo dos o tres veces más, porque las azoteas se convirtieron, y de nuevo lo vuelven a ser, en improvisados puntos de encuentro. “Allí se ha hecho de todo. Era la única opción cuando todo cierra a la una. Estás acostumbrado a estar con tus amigos y en la discoteca hasta las siete y quieres estar con los amigos. Nosotros hemos tenido problemas, algún sustillo, algún vecino… pero nada más”, repasa concienzudo.

Cartero temporal él y profesora y cuidadora de niños ella, estudiantes ambos, aprovecharon el verano para recuperar parte del tiempo perdido, aunque no sin obstáculos. “Planeamos muchos viajes pero solo conseguimos irnos a Mallorca”, explica María. “Y nos tocó confinarnos unos días por el positivo de un amigo”, añade Carlos. Ambos coinciden en que el gran miedo era y es contagiar a sus abuelos pero también en que no pasarían un segundo confinamiento hablado por teléfono.

“Es todo muy incierto, pero si estamos bien un virus no va a poder con nosotros, buscaríamos una salida si nos vuelven a confinar, un chalet o lo que sea para los dos”, aseguran completando uno las frases del otro.

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