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Hace tres meses casi nadie sabía quién era Jonathan Cohen, pero Jill Biden se puso un abrigo suyo, de color morado y hecho con materiales reciclados, en la víspera del día de la inauguración presidencial. “Supimos reaccionar a tiempo y hacer más producción para atender los pedidos”, contaba el joven diseñador al diario Women’s wear daily, donde también apuntaba una cuestión fundamental: “Lo que se está agotando en nuestra web son los productos de precio reducido, como las mascarillas”. Algo similar le ocurría a Sergio Hudson, que agotaba el cinturón (no así el traje de dos piezas) que se puso Michelle Obama el día de la inauguración. No es algo nuevo; la moda norteamericana se ha movido tradicionalmente en el entorno de la gama media y las líneas de difusión, y, en muchos casos, la proyección mediática sirve para llegar a públicos más amplios con productos más asequibles y prácticos. Se trata de un sector, además, que no pasa por su mejor momento, no solo por la obvia caída en las ventas, también porque, desde hace algunos años, no exporta grandes nombres del diseño fuera de los círculos minoritarios y la relevancia de su principal plataforma, la semana de la moda en Nueva York, se ha visto obligada a reinventarse para generar la expectación de antaño.

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