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La estrategia del Hipódromo para hacer negocio más allá de los caballos

Rubén Maroto se baja del caballo con la cara embarrada y el traje empapado. «Estamos abonados al segundo puesto», lamenta después de haber entrado a meta unos centímetros por detrás del ganador. En ese mismo instante, frente a un monitor, un señor masculla: «Muy bien, Marotito, ¡Enhorabuena!», mientras estruja el programa con las carreras de la jornada. La tensión se intensifica en las gradas, donde un millar de personas sigue el lance del jockey. Han venido a pasar un día de apuestas, cañas y aperitivo en el Hipódromo de la Zarzuela.

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