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La última juerga, el boyante negocio de las despedidas de soltero

DIADEMAS con penes luminosos, velos con penes que cuelgan, camisetas de penes estampados, penes de plástico amarrados a la bragueta. Podría parecer la narración del sueño de algún obseso sexual o la enumeración de los ingredientes para la ceremonia iniciática de una extraña hermandad adoradora de Príapo. Pero se trata de los elementos de una historia muy terrenal y, en el fondo, más bien prosaica. La crónica de un resacón en Las Vegas, versión ibérica. Con el buen tiempo aflora la temporada alta de las despedidas de soltero, añejo ritual de transición vital, que suele expandirse desde marzo hasta octubre. Nos hemos colado en tres de estas fiestas multitudinarias a lo largo de distintos fines de semana. Una en el embalse de Entrepeñas (Guadalajara), las otras dos en Gijón y Granada. Como un collage fabricado a base de retales de cada una, vamos a dibujar el retrato robot de un día de adiós a la vida sin ataduras. Con el paso de las horas, y de las páginas, se irán revelando todos sus componentes: las actividades, los disfraces, los complementos, los cánticos, los paseos en limusina, los strippers. Y, sobre todo, la exaltación de la amistad mediante litros y litros de cerveza y sangría. Pongan el despertador temprano porque aquí no solo se trasnocha: también se madruga.

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