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Muchas de las grandes marcas de la cosmética fueron creadas por mujeres rompedoras que vieron aún en su época las posibilidades que el mundo de la belleza les ofrecía en términos de negocio más allá de los tradicionales salones, ámbitos siempre femeninos. Algunas de ellas convirtieron su modesto sueño inicial en un imperio que saltó fronteras y se coló en el tocador de señoras de todo el mundo como objeto de deseo y de necesidad. Esas grandes damas de la cosmética lideraron una época primera en la belleza con marcas con nombre de mujer , como Elizabeth Arden, Estée Lauder y Mary Kay o la más reciente Bobbi Brown, precursoras de un panorama que en la actualidad muchas otras también han ocupado con solvencia.

Pero en 1910 las cosas no parecían tan fáciles. Fue entonces cuando una joven llamada Florence Nightingale Graham, que había abandonado la zona rural de Canadá y sus estudios de enfermería para poner rumbo a Nueva York, abrió su salón Red Door en la Quinta Avenida. Había trabajado unos años en un laboratorio y un centro de belleza. Ella creía en la unión entre la ciencia y la naturaleza para buscar la belleza, con la ayuda de un maquillaje armónico (animó a las americanas a pintarse los ojos, algo inusual para la mujer común).

Pero además dio vida a su glamuroso alter ego, Elizabeth Arden, marca bajo la cual creó una línea de productos para tratar y nutrir la piel. Ya entonces hablaba de ‘total beauty’, refiriéndose a un concepto global que incluía el ejercicio y la nutrición. Innovó al crear tallas de viaje y una red de comerciales itinerantes.

Elizabeth Arden en su juventud.

elizabetharden.com.es

Hacia 1929 Arden poseía 150 salones de lujo, era conocida en todas las capitales de la moda mundial y sus productos se vendían dentro y fuera de Estados Unidos. Con el paso de los años se ha convertido en una marca conocida en todos lados, embajadora de la belleza americana, y posee productos considerados ya clásicos, como la crema de culto Eight Hour.

De esa primera época también era Madam C.J.Walker, menos conocida internacionalmente pero revolucionaria para su país, Estados Unidos, pues esta hija de esclavos negros se convirtió en millonaria con su línea de tratamientos de cabello específicos para las mujeres afroamericanas. Tan increíble es la historia de esta pionera que Netflix ha hecho una serie sobre ella protagonizada por Octavia Spencer.

Volviendo a la historia de las grandes marcas actuales, presentes hasta hoy en casi todos los tocadores de las ‘beauty adicts’, en 1946 otro gran nombre de la cosmética puso en marcha su negocio. Fue Estée Lauder, nombre adoptado por la joven de Queens Josephine Esther Mentzer, hija de inmigrantes y conocida por su familia como Esty, apodo del que derivó luego su marca.

Aprendió los rudimentos de la cosmética en la cocina de su casa y luego en un estable, donde su tío húngaro preparaba cremas para la piel. Se casó con Joseph Lauter y se trasladó a Manhattan, donde ambos cambiaron su apellido y donde ella empezó a vender productos en los salones, donde hacía demostraciones a las clientas bajo los secadores de pelo.

Estée Lauder en una de sus tiendas en Texas.Se atrevió a lanzarse por su cuenta con una línea de cuatro productos, y al poco un gran almacén le hizo un encargo por entonces 800 dólares que le dio el puntapié inicial necesario. Creía que toda mujer puede ser bella, y sus dotes para vender, convencer y entender lo que querían de verdad las mujeres hizo que la suya se convirtiera en una marca demandada y admirada. Hoy diríamos que lo suyo era el marketing, pues puso en práctica la idea de un regalo con la compra, las demostraciones de productos y las formaciones a su personal de tienda y comerciales, y dio mucha importancia a la coherencia de su imagen en el envasado y en la publicidad. Levantó una marca que es otro icono en el mundo de la belleza, conocida en todo el mundo.

Otra gran precursora fue Mary Kay Ash, quien revolucionó la forma de hacer negocios en el mundo de la belleza. Durante años esta mujer texana trabajó en empresas de venta directa, y se sentía frustrada por la manera en que se hacían las cosas y lo vivían en particular las mujeres. En 1963 decidió lanzarse, abrió su primer salón y ya entonces empezó a organizar encuentros anuales con sus empleadas y vendedoras que ella bautizó ‘seminarios’.

Mary Kay estableció una red de venta directa integrada por mujeres, que se ayudaban a progresar unas a otras y eran identificadas con el color rosa y animadas por reconocimientos internos y premios, como el fabuloso y ya mítico Cadillac rosa de la marca.

Hay un buen puñado más de ejemplos de grandes mujeres de la cosmética. A partir de mediados del siglo pasado la industria de la belleza floreció y creció en oferta y en demanda a pasos agigantados. Las marcas de moda también pusieron pronto un pie en este millonario mundo (en 1921 ya Coco Chanel había creado su mítico perfume Chanel Nº5) y, ya más modestamente, numerosas maquilladoras y expertas en estética empezaron a lanzar sus propias líneas, tendencia a la que poco después se sumaron las famosas con intereses en el negocio.

En 1991 por ejemplo lo hizo Bobbi Brown, una maquilladora de famosos que se distinguía por darles un aspecto natural, lozano y fresco aún con mucho arte detrás, y rápidamente el éxito la llevó a 73 países y a desarrollar una amplia gama de productos.



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