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El tránsito de la cultura oral al libro halló resistencias en la antigüedad. “Sócrates era un fabuloso conversador que se negó a poner por escrito sus enseñanzas”, cuenta Irene Vallejo en El infinito en un junco (Siruela). El filósofo “acusaba a los libros de obstaculizar el diálogo de ideas, porque la palabra escrita no sabe contestar a las preguntas y objeciones del lector”. Al final, los libros que no escribió él, pero citan su pensamiento, lo hicieron inmortal.

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