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República Checa: la impactante capilla decorada con huesos y calaveras – 11/09/2019

Por un momento nos sentimos en otra época, un viaje en el tiempo a una postal medieval, donde cinco o seis ponis dan vueltas dentro de un corralito circular -sí, una calesita- para entretenimiento de los chicos. Estamos en Kutná Hora, a unos 70 km de Praga, República Checa.

Hay feria en la “ciudad de la plata”, como se la conoce, por los depósitos de plata y mineral de cobre que la hicieron florecer: un porcentaje importante de la plata que circulaba en Europa entre los siglos XIV y XVI salía de acá.

La historia te la cuentan en la Real Casa de la Moneda. Declarada Patrimonio de la Humanidad, la ciudad es linda para caminar con calma, detenerse en sus calles, visitar la Catedral de Santa Bárbara.

La peste negra en el siglo XIV sumó miles y miles de cuerpos, al igual que las guerras husitas REUTERS/Petr Josek

La peste negra en el siglo XIV sumó miles y miles de cuerpos, al igual que las guerras husitas REUTERS/Petr Josek

También esta ciudad se hizo famosa por la fabricación de órganos. Las fábricas que quedan en pie, ahora se dedican a restaurarlos. Es más, en Kutná Hora hay alrededor de diez órganos en funcionamiento y, a modo de homenaje, se celebra todos los años en septiembre el Festival de Música de Órgano.

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Hay mucha historia, mucho para ver y muchas cuestiones que dan fama a Kutná Hora. Pero la avidez de los turistas por llegar hasta aquí tiene, muchas veces, otro foco que supera la cuestión de los órganos, de la plata o del patrimonio. Todo se centra en Sedlec, en las afueras de Kutná Hora, más precisamente en el cementerio de Todos los Santos. Es que su capilla subterránea está toda “decorada” con huesos: hay candelabros, escudos y hasta columnas hechas con huesos.

Colección de huesos en el Osario de Sedlec REUTERS/Petr Josek

Colección de huesos en el Osario de Sedlec REUTERS/Petr Josek

Para entender el lugar, el origen, su historia, hay que remontarse al año 1278, cuando un abad del monasterio cisterciense viajó a Tierra Santa y al regresar, trajo un puñado de tierra que desparramó aquí. Todos los cristianos, al morir, querían su lugar allí.

Los carteles piden respeto, silencio y una visita breve: es una gran tumba y con el paso del tiempo los huesos se degradan  (AP Photo/Kirsten I. Bos and Katherine E. Stange, Museum of London)

Los carteles piden respeto, silencio y una visita breve: es una gran tumba y con el paso del tiempo los huesos se degradan (AP Photo/Kirsten I. Bos and Katherine E. Stange, Museum of London)

La peste negra en el siglo XIV sumó miles y miles de cuerpos, al igual que las guerras husitas, que también dejaron la zona saqueada, quemada y devastada.

Hubo varias instancias posteriores que derivaron en el osario tal como lo vemos hoy. Un monje parcialmente ciego que acomodó los huesos en pirámides -¿el inicio de todo?- y, cuentan, recuperó la vista. Un arquitecto, Jan Blažej Santini-Aichel, a cargo de la reconstrucción del monasterio. Una familia que compró el sitio y contrató a un artesano de la madera, Frantisek Rint, que en 1870 se encargó de poner orden entre los huesos y crear mucho de lo que vemos hoy.

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El lugar estremece, conmueve. Los carteles piden respeto, silencio y una visita breve: estamos, en definitiva, en una gran tumba y no es fácil preservar los huesos que, con el paso del tiempo, se degradan, se vuelven polvo. También siempre hay alguien que se saca alguna selfie sonriendo.

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