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Vargas Llosa es mi brújula moral, no por su calidad literaria, aunque citando a la simpar Sofía Mazagatos “lo sigo mucho”, sino por su capacidad para estar siempre en el lado equivocado. Su verborrea e irrefrenable metomentodismo me ayudan a posicionarme ante casi cualquier disyuntiva, la postura correcta siempre es la contraria a la suya. Si para entender el devenir de Europa se me quedan cortas las 1.212 páginas de Postguerra de Tony Judt, para tomar posición en los procesos electorales de medio continente americano sólo tengo que esperar a escuchar la opinión de quien dijo: “Lo importante de unas elecciones no es que haya libertad, sino votar bien”. Sin complejos.

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