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En el crepúsculo de Breaking Bad, Walter White, refugiado anónimamente en una cabaña perdida de Alaska, roto por el cáncer y también enfermo de soledad, con la certeza de que ya no le queda ninguna carta por jugar, le suplica al hombre que le ha proporcionado la huida, y que le lleva comida cada dos meses, que hable con él durante media hora. Le ofrece 10.000 dólares por su tiempo. El otro le pide el doble. Acepta. Necesita inaplazablemente oír una voz que no sea la suya.

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